
Sentí como poco a poco el fuego se iba apoderando de mí, no entendía bien si era por rabia o qué, pero me quemaba de tal forma que era inevitable no sentirlo. No era comparable a cualquier tipo de dolor o sentir que haya experimentado, esto era totalmente distinto. Comenzó entonces a apoderarse de mi una terrible angustia, y mis ojos se tornaron de un carmesí hipnótico. En ese momento comencé a comprenderlo, estaba locamente enamorada. Salté en sus brazos y comprendí que el fuego que me recorría no era más que pasión y un desenfrenado tipo de amor. Pero ya era tarde... él yacía amarrado en ese árbol, de pie como una roca con sus ojos fijos en mí, con una ternura que en vida nunca había visto. De pronto, note en mis manos la suave sensación del césped, y fue cuando rompí a llorar. Abrazada a su pierna, no podía hacer nada más que llorar. Me sentía de verdad completamente ahogada y sin poder ser dueña de mi comportamiento, ni mi sentir. Lo más extraño, es que cuando logré pensar en lo que estaba haciendo, sin poder aún controlarme, me encontraba mirando su cara. La rapidez con la que me movía era inigualable, sobre todo siendo yo bastante torpe y a veces demasiado lenta. El punto, es que al mirar dentro de esos profundos verdes, comprendí que aquel ser, el cual era un completo desconocido para mí, era el hombre a quien había esperado toda mi vida.
Aún así todo parecía tener sentido aunque realmente para muchos no lo tuviera. Siempre había esperado ese momento, y fue cuando comprendí que no era mi destino tenerlo a mi lado. Un flash back de recuerdos que no eran míos, pero en los cuales yo era la protagonista con aquel hombre. Mi lado conciente me decía que estaba volviéndome real y completamente loca. Otro lado en mí, me hacia comprender que todo aquello que siempre escribí, soñé y creé, era real... o lo fue en algún momento. Era él, y siempre lo sería.
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Dí media vuelta sintiendo ese fuego que hace más de 10 años no podía sentir. Tenia ya la avanzada edad de 24 años cuando di vuelta y un par de ojos pardos tropezaron con los míos y sin pensarlo mucho agarré su brazo como siempre esperé que lo hicieran conmigo, y lo besé como nunca había besado a nadie. - Julieta - esbozó. - Matías - contesté. Fue cuando recordé nuestra promesa declarada en 1635. - Prométeme que nunca te irás de mi lado- te lo prometo; juntos por siempre nunca jamás.











