Hace un tiempo, ya hará unos tres meses o un poco más supongo, escribí una historia que no tiene ni pies ni cabeza, no es real y a la vez tampoco ficción, y se borró. Trabajé un par de horas para que quedara perfecta, aún tenía las sensaciones a flor de piel aún cuando ya había pasado un mes al menos de ocurrido el suceso, pero pude y había podido transmitir todo lo que quise, pero se borró, y con él, el verlo.
Ahora ya no sé el orden que tenían las cosas, recuerdo vagamente miradas y sensaciones pero nada más, y una parte de mi se aferra a no dejarlo ir. Son ilusiones, son cosas momentáneas. Son sensaciones que te elevan el ego, te sacan una sonrisa y te mantienen expectante. Antes con solo verlo era suficiente. A veces me acordaba de él y esperaba encontrármelo. En algún momento incluso modifiqué mi horario matutino para poder calzar con su hora de tomar la micro. No siempre me resultaba, pero cuando lo hacía, me ponía feliz. Puede que no me acordara de él en todo el día, pero en la mañana era esencial y siempre igual.
A veces me subía a la micro un paradero antes, otras, en el mismo cruce, pero siempre fue igual, estuviera sólo o acompañado, fuera yo sola o acompañada, siempre se sintió igual. Me subía, caminaba hacia el fondo, lo miraba como quién busca asiento, me miraba, nos ignorábamos, llegaba a mi asiento, sacaba el maquillaje y él se daba vuelta ligeramente. Nos mirábamos e ignorábamos. Al bajarnos, igual. Al llegar a tomar el metro, igual.
¿Por qué tardé tanto en escribir sobre él? Quizá porque cuando escribo sobre alguien, cuando lo hago más "real", todo se va en picada, y tengo miedo. Puedo querer escribir sobre muchos y arriesgarme, pero por algún motivo me da pánico hacerlo con él. Supongo que no quiero perder eso, que aunque falso, es lo más real que me queda. Pero hay que hacerlo, tengo que evitar subirme a la micro esperando verlo. Tengo que dar vuelta la página y continuar.
Qué color le da, pensarán ustedes. Es verdad. Nadie se enamora de un extraño y por solo una mirada. Y yo no lo estoy. Hablar de amor es demasiado y sería una locura inmensa incluso para mi. Pero me gusta aferrarme a esas pequeñas ilusiones. Si quiere me juzga. Si no, sienta conmigo. Disfrute lo pequeño y sea feliz.
"One in a million" comenzaba a sonar en mi reproductor de música a la par que abría mi bolso para buscar algún libro de lectura para el camino. La fila para la micro había sido larga, estaba oscuro ya y me dio por sacar una foto a los autos que pasaban por la avenida. La publiqué. No sabía que después miraría esa foto y sonreiría, sobre todo por la pequeñez que sucedería los minutos siguientes.
Levanté la vista para observar a los pasajeros que subían. Como siempre, yo estaba en el último asiento. Y ahí estaba él. No lo había recordado pero bastó una milésima de segundo para hacerlo. Mi actitud contigua fue evitar que me viera, pero era una tontera, yo quería que me viera. Levanté nuevamente la vista y me vio, su expresión fue la de reconocerme y ahí se quedó. Lo miré a ratos por un cierto tiempo hasta que me convencí y me metí en el libro.
La protagonista estaba atascada en un barco magistral, enamorada de un hombre generoso pero de naturaleza peligrosa y en un abrir y cerrar de ojos se vio envuelta también en aquel ambiente sin saber cómo ni cuando y menos por qué. Era asechada por personajes aristocráticos siendo ella sólo una sirvienta.
Una niña comenzó a hacer una pataleta, y al otro extremo trasero de la micro, un joven un poco mayor que yo se reía conmigo de lo tierna que era la niña al comienzo. De lo hincha pelotas que era después. Entre tanto, volvía a mi música, o a mi libro.
La vida de la protagonista se vio en crisis cuando un lobo feroz intentó atacarla y luego otra bestia de igual calibre la salvaba, pero a la vez quería matarla. Su instinto así lo esperaba.
Cuando pude abstraerme de la historia, logré percatarme que el recorrido iba llegando a su fin y ya estaba más desocupado el pasillo de la micro. El joven en cuestión se había sentado al comienzo de la fila de asientos. El joven con quién fuimos cómplices de ternura hacia la niña con pataleta, se levantó para bajarse, caminó hacia la puerta principal al lado del chofer, nos miramos, y ahí noto que alguien al comienzo se da vuelta y me mira. Ahí estaban los 2, mirándome y yo, sintiéndome en vez de agradada, incómoda. Aunque debo admitir que a mi ego le gustó bastante.
El recorrido continuó con normalidad. Cerré el libro y me fijé en mi música. Decidí que aunque era tarde, me bajaría en la parada anterior, donde se supone, se bajaba el muchacho inicial. Pero no se bajó. Me decidí a bajar en mi parada entonces. Cuando lo hago, noto que él se levanta y me mira ligeramente. Camina hacia la puerta y me vuelve a mirar. No sé que me pasó pero caminé hacia la puerta donde él se encontraba a la par que nos mirábamos. Se colocó nervioso y se le notó en la mirada, y bueno, dio un paso en falso, casi se cae y no volvió a mirarme. Yo me coloqué atrás a cierta distancia, y miré por la ventana contraria para que no se notara que me reía. Nos bajamos, caminé sin mirar como siempre y cuando me doy vuelta, él ya no estaba.
¡Estúpida yo! al pensar que él caminaría por mi calle. Eso no iba a pasar y lo sabía. El sentido común lo sabía. Y ya era tarde. No volvería a verlo quizá hasta cuando.
Quizá no seremos nada. Quizá lo seremos todo. Tal vez somos muy tímidos o muy pacientes. Quién sabe. Esta historia tendrá un final, solo que no quiero ser yo quién se lo de.
La protagonista estaba atascada en un barco magistral, enamorada de un hombre generoso pero de naturaleza peligrosa y en un abrir y cerrar de ojos se vio envuelta también en aquel ambiente sin saber cómo ni cuando y menos por qué. Era asechada por personajes aristocráticos siendo ella sólo una sirvienta.
Una niña comenzó a hacer una pataleta, y al otro extremo trasero de la micro, un joven un poco mayor que yo se reía conmigo de lo tierna que era la niña al comienzo. De lo hincha pelotas que era después. Entre tanto, volvía a mi música, o a mi libro.
La vida de la protagonista se vio en crisis cuando un lobo feroz intentó atacarla y luego otra bestia de igual calibre la salvaba, pero a la vez quería matarla. Su instinto así lo esperaba.
Cuando pude abstraerme de la historia, logré percatarme que el recorrido iba llegando a su fin y ya estaba más desocupado el pasillo de la micro. El joven en cuestión se había sentado al comienzo de la fila de asientos. El joven con quién fuimos cómplices de ternura hacia la niña con pataleta, se levantó para bajarse, caminó hacia la puerta principal al lado del chofer, nos miramos, y ahí noto que alguien al comienzo se da vuelta y me mira. Ahí estaban los 2, mirándome y yo, sintiéndome en vez de agradada, incómoda. Aunque debo admitir que a mi ego le gustó bastante.
El recorrido continuó con normalidad. Cerré el libro y me fijé en mi música. Decidí que aunque era tarde, me bajaría en la parada anterior, donde se supone, se bajaba el muchacho inicial. Pero no se bajó. Me decidí a bajar en mi parada entonces. Cuando lo hago, noto que él se levanta y me mira ligeramente. Camina hacia la puerta y me vuelve a mirar. No sé que me pasó pero caminé hacia la puerta donde él se encontraba a la par que nos mirábamos. Se colocó nervioso y se le notó en la mirada, y bueno, dio un paso en falso, casi se cae y no volvió a mirarme. Yo me coloqué atrás a cierta distancia, y miré por la ventana contraria para que no se notara que me reía. Nos bajamos, caminé sin mirar como siempre y cuando me doy vuelta, él ya no estaba.
¡Estúpida yo! al pensar que él caminaría por mi calle. Eso no iba a pasar y lo sabía. El sentido común lo sabía. Y ya era tarde. No volvería a verlo quizá hasta cuando.
Quizá no seremos nada. Quizá lo seremos todo. Tal vez somos muy tímidos o muy pacientes. Quién sabe. Esta historia tendrá un final, solo que no quiero ser yo quién se lo de.











