Y al fin pude comprenderlo. Él era mi cable a tierra en todas mis historias de ilusión. Por eso cada vez que quería volar dejándome llevar por la proyección y lo que podría o debía ser, dolía. Dolía como si al despegar vuelo la cuerda que no has notado y que está amarrando tu pie conectandolo con la tierra, llegara a su máximo de tensión y no te queda otra opción que caer, y por más que intentes, no podrás seguir subiendo. Tal vez logres mantenerte unos segundos o incluso minutos en su punto máximo, pero más allá no llegarás.
Y las heridas en tus tobillos son tan profudas que no duelen. Has perdido la sensibilidad y solo duele cuando te cortan la cuerda, cuando sientes el vacío. Y ahí, el ardor es insoportable.
Crees que puedes levantarte, o al menos dar un par de pasos lentamente, pero lo intentas y duele. Y vacío. Al menos crees que has convencido a los demás que no has quedado dañada, aunque ellos se empeñan en mostrarte cuan dañada estás. Pero te aferras a lo que llaman negación porque en lo más profundo de ti, sabes que esto no te detendrá, que no te matará, que no te enfermará, porque no eres Marianne en Sensatez y sentimientos, y sabes que aunque hoy duela, algún día lo que hoy es carne chamuscada y al rojo vivo, mañana no serán más que dulces cicatrices.
Pero el problema no es la herida ni que por intentar ayudarte la abran con cada intento, ni que duela la ausencia de la cuerda. No. El problema es vivir con tus demonios, con tus culpas, con tus miedos, tus silencios... el problema es vivir con la parte de ti que aún se aferra a la esperanza. Con la parte de ti que aún quiere volar al mundo de la ilusión.
Él era mi cable a tierra. Ese que te hace sentir todo y a la vez nada. Ese que es real y a la vez no es tuyo y no lo será. Aquel que te abre un mundo de posibilidades pero no te deja entrar. Él era mi concreto y tal vez por eso a veces lo extraño, o simplemente así como me acostumbré a su presencia, hoy me acostumbré también a su ausencia y al anhelo de su regreso, aún cuando sé que de nada serviría, que nada cambiaría y por sobre todo, aún cuando sé que no regresará.
Él es mi cable a tierra, mi excepción, es mi cuerda y fue mi salvación.
¿Se puede amar a alguien sin haberse enamorado?
¿Se puede uno enamorar de la cuerda?
Tal vez si. Tal vez no.
¿Qué dice usted, querido lector?
Por mi parte, creo en el amor, en todas sus formas y matices, pero también creo en la evolución y la sanación, y hacia allá decido que camino yo.



